A unos animales
| Columnistas - Manuel Azulejo de la Rosa |

Cansados de ver el encierro cruel en que permanecía un grupo de animales propiedad de un circo, muchos habitantes de la ciudad se organizaron para pedirles que se fueran.
Veintinueve familias se hicieron presentes; cada una se encargaría de pintar en el cartel la letra que en suerte, le correspondiera.
El cartel, según lo planeado, se pondría a la entrada del circo, mientras que un mensajero entregaba la nota a uno de los dueños del circo.
La nota diría: “¡Dejen libres a los animales, no los maltraten más! Salgan a la puerta y miren” Allí, los estaría esperando el letrero.
Hubo inconvenientes con la terminación del cartel, la última letra le había correspondido a una familia con hijos contratistas de obras en el distrito, y aunque suene extraño o no, la letra nunca apareció; se diluyó en otro cartel; el de la contratación.
A la hora del té, todo se hizo como estaba acordado y el letrero se leyó así: “Y después no diga que no le avisamo”
El dueño, informado por la nota, salió a la puerta y lo leyó, enseguida, comprendió la amenaza. Lo que no comprendió fue la palabra “avisamo” y preocupado pensó que se trataría de un acertijo o algo así.
Pasaron muchos días, hasta que una noche, no pudo ejecutar con suerte sus rutinas, algo se lo robaba de la función. Frente a él se había sentado un hombre mal encarado que llevaba una camiseta ancha con una gran letra ese estampada en el pecho… y el asunto no terminaba por brindarle suficiente confianza como para brillar.
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